sábado, 16 de mayo de 2009
Quemad las naves
Al desembarcar comprendió que los soldados enemigos superaban en cantidad, tres veces mayor a su gran ejército. Sus hombres estaban atemorizados y no encontraban motivación para enfrentar la lucha. Habían perdido la fe y se daban por derrotados. El temor había acabado con aquellos guerreros invencibles.
Cuando Alejandro Magno hubo desembarcado a todos sus hombres en la costa enemiga, dio la orden de que fueran quemadas todas sus naves.
Mientras los barcos se consumían en llamas y se hundían en el mar, reunió a sus hombres y les dijo… “Observen como se queman los barcos, esa es la única razón por la que debemos vencer, ya que sino ganamos no podremos volver a nuestros hogares y ninguno de nosotros podrá reunirse a su familia nuevamente y podrá abandonar este tierra que hoy despreciamos. Debemos salir victoriosos en esta batalla ya que hay solo un camino de vuelta y es por mar.Caballeros cuando regresemos a casa lo haremos de la única forma posible, en los barcos de nuestros enemigos”.
El ejército de Alejandro Magno venció en aquella batalla, regresando a su tierra a bordo de los barcos conquistados al enemigo .
Cuantas veces la falta de fe, el temor y la inseguridad, el estar atado a lo seguro nos priva de conseguir nuevos éxitos, nos hace renunciar a los cambios, nos hace renunciar a los sueños, nos hace negar los anhelos y las metas, están grabadas en lo más profundo de nuestros corazones.
Cuantas veces la seguridad de poseer algo nos hace renunciar a la posibilidad de conseguir mucho más.
Cuantas veces lo que tenemos fácilmente a nuestro alcance nos impide crecer, haciendo que la seguridad se convierta en mediocridad, en fracaso y monotonía.
Debemos saber que perseverando todo puede lograrse, que el amor y la fe nos dan la fuerza necesaria para ahorrar milagros en nuestras vidas, si así lo deseamos.
Que las personas perseverantes inician su éxito donde otras acaban por fracasar, que ningún camino es demasiado para un hombre que avanza decidido y sin prisas, teniendo claro sus objetivos.
Los mejores hombres no son aquellos que han esperado las oportunidades, sino quienes las han buscado y las han aprovechado a tiempo. Quienes han asediado a la oportunidad, quienes la han conquistado.
La conquista puede ser un amor, conocimiento, trabajo, riquezas, materiales o espirituales, todo está a tu alcance. Tú puedes plantearte las metas y los objetivos que deseas. Las condiciones para lograr éxitos no son siempre fáciles, no hay otro método que trabajar duro, ser tenaz, soportar, tener fe, luchar, creer siempre, no rendirse y ….jamás volver la espalda.
lunes, 27 de octubre de 2008
Cuando todo se ha perdido
Delante de mí tropezó y se desplomó un hombre, cayendo sobre él los que le seguían. El guarda se precipitó hacia ellos y a todos alcanzó con su látigo. Este hecho distrajo mi mente de sus pensamientos unos pocos minutos, pero pronto mi alma encontró de nuevo el camino para regresar a su otro mundo y, olvidándome de la existencia del prisionero, continué la conversación con mi amada: yo le hacía preguntas y ella contestaba; a su vez ella me interrogaba y yo respondía.
"¡Alto!" Habíamos llegado a nuestro lugar de trabajo. Todos nos abalanzamos dentro de la oscura caseta con la esperanza de obtener una herramienta medio decente. Cada prisionero tomaba una pala o un zapapico.
http://biblioteca.duoc.cl/bdigital/Libros_electronicos/360/hombre_busca_sentido.pdf
lunes, 20 de octubre de 2008
Y si amanece por fin
miércoles, 26 de marzo de 2008
El principio del fin
Quienes se manifestarían en distintos puntos del país creo que lo hicieron en reacción al tono soberbio del discurso y en definitiva en respuesta espontánea al propósito de la presidente de acallar las voces del campo por el mero imperio de la autoridad y no por la vía del diálogo en una mesa de negociación. Y entonces, frente a la expresión democrática y saludable de una parte importante del pueblo el oficialismo kirchnerista respondió con una muestra de autoritarismo soltando sus fuerzas de choque (pagas) que con violencia arremetieron contra quienes se manifestaban pacíficamente contra el gobierno. Patético es la palabra que mejor define la actuación de esa pseudo-izquierda al servicio del Estado, clara muestra de un clientelismo político que los Kirchner hicieron suyo, que con un discurso cargado de resentimiento - "chacareros oligarcas, socios de la dictadura militar"...sin palabras- es la viva contradicción de lo que proclama. ¿Patear y golpear a quienes se oponen al gobierno es coherente con la posición historica de la izquierda argentina que siempre ha reclamado libertad, castigo para los represores, justicia para los trabajadores?. Claro que no. Pero D'Elia y Cía., ni merecen ser calificados como la opción política de izquierda del país, tan sólo son unos miserables mercenarios contratados por el matrimonio Kirchner que vendieron su sueño de la patria socialista al mejor postor. A esta altura nadie duda que esos criminales se abrieron paso por las calles de Buenos Aires pateando y golpeando con el visto bueno del oficialismo. Y eso es fascismo de otras épocas, que ningún pueblo a esta altura de la historia esta dispuesto a tolerar.
En definitiva, la primera mandataria no comprende que los tiempos del autoritarismo en nuestro país ya son parte del pasado, aún cuando ella y su marido levantaron como estandarte la defensa de los derechos humanos -entre los cuales figuran el derecho de expresión- ¿O será que los derechos humanos son sólo para los desaparecidos del período 74-83? Se avista claramente en el horizonte la muerte política del kirchnerismo, porque un gobierno sin consenso en los grupos de poder y que solo sobrevive gracias a las dádivas que entrega tarde o temprano termina pereciendo. Esperemos que lo haga en las urnas.
sábado, 15 de marzo de 2008
Yo no fuí: suicidio colectivo
Un día como cualquiera, el almacenero me para y me dice: loco bajate la película “Memoria del saqueo” del director Fernando “Pino” Solanas, “porque es una película que deberíamos guardar para nuestros nietos”. A propósito, el filme en cuestión relata la historia argentina política/económica/social de finales de los ’90 que desembocaría en la crisis de finales del 2001, recopilando de manera muy prolija y detallada todos los sucesos que coadyuvaron a ese fatídico proceso, muchos de los cuales me di cuenta que había prácticamente olvidado. Este olvido me llevó a pensar una vez más como funciona el esquema de poder en
La verdad es que las explicaciones que arroja Pino Solanas sobre el malestar de los últimos años en nuestro país suenan razonables pero no dejan de ser cuestionables, simplistas y superficiales; me dejan ese sabor de que siempre le echamos la culpa a los mismos – llamativamente, son siempre otros y nunca nosotros mismos-: el poder al servicio de los capitales extranjeros, los bancos en complicidad con el Estado, la corrupción, la justicia al servicio del poder, partidos que traicionan sus ideas históricas, etc. En este esquema el tan mentado “pueblo argentino” – que a esta altura no se que es, ni a que o a quienes incluye- no es más que una víctima de los clásicos protagonistas del mal, que resiste “heroicamente” a los vejámenes de sus lideres traidores.
Que la traición y el cinismo es intrínseca a la política eso no es novedad: la humanidad sucumbe ante la posibilidad de sacar provecho de una mísera cuota de poder, de suerte, que aquellos que gobiernan no tienen compromiso con el bien común. Pero agotar el análisis en el binomio “clase dirigente”, corrupta, espuria, mezquina y traidora versus “sociedad”, inocente, pura y honesta, me parece una muestra más de esa argentinidad que no se hace cargo ni siquiera de ser argentino y que busca la explicación más fácil, la que deja dormir bien solo una noche, que puede dar pie a una película pero que no deja de ser una argumentación irreflexiva que busca eludir lo que más duele, lo que pesa más allá de lo que describen los hechos, lo que diferencia a la infancia de la madurez: la responsabilidad. Despertemos: la clase dirigente es parte de la sociedad.
El hecho es que nuestro país, quien predica descontento frente a su desdicha, no tiene apropiación de su existencia, ni subjetividad, ni responsabilidad. Paradójicamente desde 1983, ya instalada la democracia con aires indiscutibles de estabilidad, parecería que prosperara aún la dictadura de la no reflexión, en donde hacemos caer la culpa de todo lo que nos aqueja en el otro. Y esa es la peor violencia: negar nuestra propia subjetividad afirmando al otro solo para endilgarle culpas que son nuestras; eludir la propia responsabilidad buscando siempre culpables. Conceptos como la “herencia recibida” del que suelen hablar los gobernantes al analizar sus gestiones, los “villeros delincuentes” para encontrar a responsables de la violencia social, los “políticos corruptos” si de digitar a los perversos de la sociedad se trata, o los “organismos financieros internacionales” a la hora de atribuir culpas fuera del país, son una clara muestra de la impersonal y autodestructiva respuesta que los argentinos damos a los avatares que nos presenta cotidianamente nuestro porvenir.
Después de todo, tenemos en mayor o en menor medida la posibilidad de tomar desiciones y si cada cual no se hace cargo de las que toma - no sólo los dirigentes-, estaremos siempre postergando nuestro crecimiento como país, ello sin importar cuan trágico sea el dolor de las experiencias pasadas.
martes, 19 de febrero de 2008
Los argentinos construimos nuestro destino
Todos los argentinos aprendimos sin más, cual enseñanza de un padre a un hijo, que “tenemos derechos”, que hay poderes que velan por ellos, y que incluso podemos, periódicamente, modificar la composición de lo que se llama “gobierno”. Contribuye a fortalecer esta creencia la educación en una cultura democrática, donde palabras como libertad e igualdad de oportunidades se elevan como ideales supremos e incuestionables. Por lo demás, nadie se atrevería hoy en día a cuestionar que somos propietarios por herencia del espíritu democrático y de las conquistas ciudadanas.
Al aceptar estos presupuestos creemos – prima facie- que los mismos tendrán un correlato en la realidad, en la vida cotidiana, fuera de los innumerables textos que recogen la historia de nuestra representación política como Nación. Porque, si tras años de luchas y ríos de tinta, se ha levantado en los más variados escenarios el estandarte del porvenir del pueblo ¿no sería un sinsentido angustioso comprobar que todo ello no ha sido más que una quimera?
En los hechos, sin embargo, emerge el descontento: el pueblo no se siente dueño de lo que la historia declara haber ganado para él. Esto es fácilmente comprobable con solo transitar las calles y escuchar a la gente decir ¿Y donde está la libertad y la igualdad? ¿Y estos gobernantes que elegimos que hacen por nosotros? ¿Ha cambiado algo con este nuevo gobierno? Y este sentimiento generalizado no es un pesimismo arbitrario e infundado: es la vivencia, la más autorizada opinóloga, la que declama la contradicción del discurso y la existencia. Se siente, que las palabras o quienes las han empleado, las han forzado –no ingenuamente- a decir cosas que son inexistentes.
Pero lo triste del cuento no son los resultados sobre la mesa. Ello reside, más bien, en la actitud infantil y recurrente de quien llora, sin hacerse responsable de su propio destino y abraza los más variados mesianismos en pos de una salida sin apuros ni sacrificios hacia la autopista del provecho inmediato. Pues bien, sin cultura de la participación seguiremos perdidos en el círculo pernicioso de la queja despersonalizada.